La corrupción política no se explica por un error administrativo. El problema de fondo es la falta de valores en quienes deberían dar el ejemplo. Y no pasa solo acá: Argentina, Brasil, Colombia y Perú están en la misma.
Lo veo y, lamentablemente, lo viví en carne propia. Empieza con una coima y un acomodo, y termina en clientelismo y fraude electoral. Para cuando se institucionaliza, ya no queda democracia.
Las consecuencias reales de la corrupción política
No es que unos pocos se llenen los bolsillos. Lo que se rompe lo pagan generaciones enteras:
- Nadie cree en las instituciones: ni en la justicia, ni en las fuerzas de seguridad, ni en quienes los representan.
- La plata no llega: lo que estaba para obras, salud y educación se desvía. Sin obra no hay desarrollo, y sin reglas claras no viene la inversión que da trabajo.
- La brecha se agranda: entre los que más tienen y los que menos, hasta partir la sociedad en dos.
- La educación queda última: y una población sin herramientas para pensar por su cuenta no puede defender lo suyo.
- Gobiernos débiles: que se sostienen con pactos a oscuras en vez de propuestas y acuerdos a la vista.
- El estallido: la injusticia acumulada llega a un punto de quiebre. Con el hartazgo que hay hoy, ese punto está cerca.
No alcanza con mirar. Hay que exigir cuentas concretas: quién firmó, cuánto costó y dónde terminó la plata. De eso se trata la auditoría ciudadana del eje 10.
